Psicoanálisis y empresas

Sobre la significatividad anímica de la vida laboral

Por Sebastián T. Plut

"Después de todo, ya sabes que una de mis
facetas consiste en ser incapaz de trabajar si no
me siento alentado por alguna esperanza que
considere importante".

(S. Freud; "Cartas de amor").

En una época en que graves dificultades laborales se tornan concretas para un gran sector de la población y amenazantes para muchos otros, lo cual constituye, por otro lado, un fenómeno de preocupación mundial, se hace evidente la carencia de estudios continuados al respecto. Me refiero a la falta de desarrollos psicoanalíticos que procuren examinar las consecuencias posibles de tales situaciones contextuales traumáticas.

El mundo del trabajo es un ámbito que exige la reflexión interdisciplinaria en cuanto la actividad laboral co-implica las aspiraciones individuales y las comunitarias. La necesidad de hallar un camino en que los proyectos vitales de cada quien se plasmen en favor del progreso societario probablemente sea la fuente princeps de la conflictividad laboral. En las ciencias sociales ello se aborda a partir de diversos tópicos, como la polaridad entre capital y trabajo, control y resistencia[1], y conduce a las distintas prácticas sobre la llamada negociación colectiva. En psicoanálisis, contamos, al respecto, con las originales reflexiones freudianas acerca de las imposiciones que la cultura le exige al individuo. Dice Freud que "llegamos a inteligir que toda cultura descansa en la compulsión al trabajo y en la renuncia de lo pulsional, y por eso inevitablemente provoca oposición en los afectados por tales requerimientos"[2]. Por mi parte entiendo que es posible distinguir entre renuncia y represión, siendo la primera la condición que la cultura impone a los individuos y a partir de la cual cada sujeto la llevará a cabo de distintas maneras.

En otra ocasión he reflexionado sobre la hipótesis según la cual entiendo que cada cuadro clínico dota a la actividad laboral de una significatividad específica. Ello en el doble marco de examinar las particularidades con que cierto grupo de pacientes (aquellos que padecen trastornos psicosomáticos) plasma su vida laboral, por un lado, y la carencia de subjetividad, por otro. En este sentido el trabajo resulta una de las expresiones posibles tanto de la vitalidad pulsional cuanto de los estados anímicos de desvalimiento.

En lo que sigue me referiré a algunos fragmentos de la teoría de la constitución del aparato psíquico desplegados en la metapsicología freudiana. De este modo abordaré el decurso de las vicisitudes pulsionales y su enlace con un tipo particular de fantasía, el complejo de la prostituta. Posteriormente examinaré la relación con el superyo y, finalmente comentaré un relato clínico en el cual se pone en evidencia de un modo peculiar la problemática estudiada.

 

La lógica laboral y su investidura pulsional

Un escrito que pretenda estudiar la vida laboral desde la metapsicología debe empezar preguntándose qué es trabajo para lo psíquico y es la pulsión la que, a través de su empuje, constituye una exigencia para el aparato anímico. El término alemán "arbeit" (que se traduce por trabajo) integra distintas nociones que Freud desarrolla, a saber, el trabajo del duelo, de elaboración, del sueño, del chiste. En todos los casos advertimos un conjunto de procesos, operaciones y productos en que participan la pulsión, su procesamiento defensivo y las diferentes estructuras psíquicas -yo, superyo-.

Alrededor de los 8 o 9 años, en el tiempo lógico de la prepubertad, se produce una modificación pulsional de ingentes consecuencias. Se trata del surgimiento de una nueva pulsión, la genital, primero como tensión y más tarde, ya en el tiempo de la pubertad, como posibilidad de descarga, de satisfacción. Señala Freud que con "el advenimiento de la pubertad se introducen los cambios que llevan a la vida sexual infantil a su conformación definitiva. La pulsión sexual era hasta entonces predominantemente autoerótica, ahora halla al objeto sexual"[4].

La emergencia de la pulsión genital reactiva los primitivos complejos en su componente sensual, pero esta reinvestidura resulta incompatible con las corrientes defensivas que impusieron la modificación en la meta pulsional, su inhibición, transformándola en ternura. En este período el aparato psíquico puede realizar nuevos enlaces preconcientes que permiten anular el paréntesis impuesto por la represión a la investigación sexual infantil. Este redescubrimiento se relaciona con el nuevo significado que adquieren ciertas palabras relativas a las prácticas sexuales. Se constituye un nuevo tipo de representación preconciente cuyo resultado es la representación prostituta[5], como objeto de deseo y/o identificación. Se trata de una transacción entre el saber acerca de la sexualidad de los padres, básicamente de la madre, y la imposibilidad de reconocer este hecho. La configuración de esta representación preconciente, el complejo de la prostituta, refiere a un objeto de deseo no incestuoso, con un nombre específico, a diferencia de los términos genéricos padre/madre de los objetos edípicos. El surgimiento de esta fantasía, entonces, es correlativo del nuevo empuje pulsional, el cual intensifica la nostalgia del anterior objeto de amor incestuoso, que había sido reprimido (con la consiguiente transformación en ternura ya mencionada). La nostalgia del anterior objeto de amor es incompatible con el destino del complejo de Edipo y ello constituye una contradicción para lo anímico que se resuelve en el complejo de la prostituta.

Esta nueva voluptuosidad marca el inicio, a partir de las transformaciones acaecidas en el yo y en el superyo, de un nuevo pensar que produce nuevos juicios. Se trata de nuevos juicios en tanto estos ya no derivan de percepciones sino de deducciones, de las cuales deriva el juicio de la castración materna; la madre ahora quedará incluida en la clase mujeres. Igualmente, surge en el preconciente un juicio traumatizante que importa grandes consecuencias en la vida psíquica posterior, se trata de la inclusión del padre en un lugar en una serie, la escala laboral. Si frente a este proceso se mantiene la corriente psíquica de la desmentida ya será entonces una desmentida patológica, en tanto implica oponerse a un proceso deductivo, la posibilidad de establecer inferencias, y no tan solo a la percepción.

En el desarrollo evolutivo, el final de la adolescencia supone dos logros: el hallazgo de un objeto heterosexual no incestuoso y el desasimiento de la autoridad de los padres. La fantasía de la prostituta corresponde, entonces, a un momento intermedio entre el hallazgo de dicho objeto y la fijación al objeto incestuoso. La prostituta marca a una mujer investida eróticamente y escindida de la imagen materna ( "salvada") que queda investida en el preconciente con pulsiones coartadas en su fin, las mociones tiernas.

Se advierte así la separación entre las corrientes tierna y sensual, separación que si se mantiene más allá de la adolescencia conduce a la doble elección de objeto en el hombre y a la doble identificación en la mujer. En el Malestar en la cultura Freud establece correlaciones entre paternidad y trabajo, por un lado, y maternidad y vínculos inmediatos, por otro. Posteriormente veremos cómo ello promueve consecuencias, por ejemplo, para el desarrollo laboral en las mujeres. De este modo, en la representación-prostituta, la corriente sensual queda unida al trabajo, a una actividad (acto sexual) que se realiza a cambio de una determinada paga. Es decir que la articulación sexualidad-prostituta agrega un nuevo componente, el dinero. Para que se constituyan como lógicas autónomas -desenlace esperable- es necesario que en el preconciente verbal se instalen las leyes correspondientes al pensar abstracto. Pongamos como ejemplo rápido, y sobre el cual opera una regulación social, al acoso sexual, en donde se advierte la yuxtaposición de ambos procesamientos.

El desenlace ideal, esperable, concluye en la separación de ambas lógicas que se plasman en lo mundano como dos espacios diferenciados en los que la obtención del placer se liga a distintas alternativas pulsionales. Respecto de la actividad clínica en lo que aquí se expone halla su asidero la siguiente indicación freudiana: "el neurótico es incapaz de gozar y de producir (rendir); de lo primero, porque su libido no está dirigida a ningún objeto real, y de lo segundo, porque tiene que gastar una gran proporción de su energía restante en mantener a la libido en el estado de represión (desalojo) y defenderse de su asedio"[6]. Páginas después señala que "la diferencia entre salud nerviosa y neurosis se circunscribe, pues, a lo práctico, y se define por el resultado, a saber, si le ha quedado a la persona en medida suficiente la capacidad de gozar y de producir"[7].

La represión de la fantasía de la prostituta impide que trabajo y amor se constituyan como dos procesamientos autónomos pudiendo quedar la sexualidad investida como un medio cuyo fin supone la extracción de bienes.

A partir de que el niño ubica al padre en la escala laboral se produce la caída de este de su lugar de ideal; el pequeño ya no lo cree rey ni lo supone omnipotente. Este desenlace deriva de la intelección de la diferencia entre juego y trabajo, el niño conquista la categoría trabajo como distinta del juego. Cuando el padre sale de su hogar, el niño, primero, identifica esta actividad a la propia, el juego, regulada por el principio del placer. Posteriormente comprende que la actividad laboral implica un uso diferente del cuerpo; el trabajo se rige por otros criterios, como el de lo útil. Este desenlace psíquico deriva de que el niño atribuye al padre lo que sufrió sobre sí mismo, esto es, que su vida pulsional es comandada por lógicas cada vez más complejas. Tales lógicas imponen pasos intermedios más elaborados antes de consumar la acción que procura la satisfacción. Todo ello ocurre como consecuencia de la sobreinvestidura de la palabra como forma de expresión de los propios pensamientos.

La cultura y el desarrollo individual, entonces, reposan sobre sucesivas renuncias pulsionales. Como hemos notado, tales renuncias alcanzan a la meta sexual de las pulsiones, pudiendo ejercer la sublimación sobre aquellas, de modo de sortear la denegación del mundo exterior. Esto se consigue, por ejemplo, a través del "trabajo psíquico e intelectual", cuando uno se las arregla para elevar suficientemente la ganancia de placer. Por lo tanto, renuncia, en este caso, no supone la supresión de la satisfacción o inhibición alguna, sino su postergación, acorde a unos fines regulados por el sentido de lo útil, y, con ello, la disminución en la intensidad del placer obtenido.

En resumen, hasta aquí hemos señalado que las exigencias culturales imponen lógicas a la erogeneidad, lógicas que se van transformando de acuerdo con la necesidad del yo de responder a sus múltiples vasallajes (ello, superyo y mundo exterior). Posterior al freno sobre la voluptuosidad ligada a los objetos edípicos (prohibición del incesto y del parricidio), ante la emergencia de la pulsión genital, se configura, como transacción, un objeto de deseo no incestuoso el cual integra sexualidad (cuerpo), trabajo, dinero y una incipiente exogamia. Luego, nuevas exigencias restarán el fragmento sexual, al menos como meta, del complejo de la prostituta, quedando un camino para que se desarrolle la lógica del trabajo (que incluye al dinero y un fragmento erógeno sublimado).

En un apartado posterior observaremos en detalle la constitución de los imperativos categóricos del superyo como derivados de la renuncia impuesta por la prohibición edípica.

 

Lo social

Pablo, un niño de 9 años, comentaba en sesión: "me gusta una compañera del grado, le gusta a todos los chicos porque es la que tiene mejor letra". Este breve fragmento muestra, con particular ternura, distintos elementos que podemos abordar. Por un lado, se expresa la pulsión sexual ("me gusta una compañera del grado"), y su enlace con un fragmento de libido homosexual ("le gusta a todos los chicos"), por otro, la valoración de un producto intelectual ("tiene la mejor letra") que aparece caracterizado por un rasgo ambicioso ("la mejor"). Freud denomina a la escritura "lenguaje del ausente" y en tanto tal supone la posibilidad de un tipo de vínculo con el otro en que se puede prescindir de la percepción de aquel. De los múltiples problemas relativos a la escritura (su psicogénesis, su relación con las diferentes formas de organización social, etc.) me interesa resaltar un pequeño punto, y es que la escritura (y la cada vez "mejor letra" que los chicos van conquistando) supone una obediencia progresiva a las exigencias que plantean las normas consensuales. Recordemos que la escritura y también la palabra hablada tienen una doble función: hacer conciente lo inconciente y facilitar el vínculo con los semejantes[8]. La posibilidad del pensar abstracto, correlativo del preconciente verbal, permite sustraer al propio cuerpo de una postura central, para encarar problemas comunitarios. Haremos entonces una breve referencia a cómo surge para el sujeto la espacialidad que denominamos mundo exterior, sociedad o comunidad (donde se encuentra con las normas consensuales).

A partir del estudio etiológico sobre los desenlaces clínicos, Freud se interroga sobre la importancia de las impresiones y vivencias accidentales (contingentes) en la determinación de una estructura psíquica. En el esquema de las series complementarias opone otra serie al vivenciar, las de los actos psíquicos puramente internos (necesarios), entre los que incluye los procesos del pensar inconciente y los sentimientos. Ambos procesos se rigen por criterios internos del aparato psíquico por lo que, más allá de las influencias exteriores y azarosas, aquel no es una tabula rasa, sino que posee sus leyes propias de generación de lo nuevo. La serie de las vivencias aporta el material que pasa a constituir las huellas mnémicas inconcientes sobre las que opera la eficacia de los mencionados pensamientos inconcientes.

Para Freud la exterioridad es producida por un movimiento psíquico específico, la proyección. Dice Freud: "la espacialidad acaso sea la proyección del carácter extenso del aparato psíquico"[9]. Por lo tanto, aquello que captan nuestros órganos de los sentidos puede distinguirse por su contenido, constituido por las impresiones sensoriales, y por la forma, creada por el proceso proyectivo. En este sentido, la supuesta exterioridad captada por la percepción y transformada en inscripciones psíquicas, no se corresponde con una realidad pretendidamente objetiva, sino con un producto psíquico creado proyectivamente. La vida pulsional, para Freud, funda la exterioridad, que se vuelve eficaz para lo psíquico en la medida en que su significatividad deriva de la investidura pulsional.

Para indagar la creación de ámbitos laborales detengámonos un momento en una fantasía que Freud describe en un imaginario adolescente: "supongan el caso de un joven pobre y huérfano, a quien le han dado la dirección de un empleador que acaso lo contrate. Por el camino quizá se abandone a un sueño diurno, nacido acorde con su situación. El contenido de esa fantasía puede ser que allí es recibido, le cae en gracia a su nuevo jefe, se vuelve indispensable para el negocio, lo aceptan en la familia del dueño, se casa con su encantadora hijita y luego dirige el negocio, primero como copropietario y más tarde como heredero. Con ello el soñante se ha sustituido lo que poseía en la dichosa niñez: la casa protectora, los amantes padres y los primeros objetos de su inclinación tierna"[10]. Esta fantasía contiene un conjunto variado de elementos que importan un alto grado de interés para aquellos que estudian los procesos psíquicos evolutivos. En esta ocasión me interesa destacar que se trata de un relato en el que se advierten la eficacia de la desmentida, el anhelo de felicidad (recordemos que Freud establece nexos entre la actividad laboral como una de las formas en que se procura conseguir dicho estado) y pone en evidencia, además, los deseos edípicos y las exigencias del superyo. La búsqueda laboral en un adolescente tardío -como podríamos suponer en el ejemplo de Freud- se desarrolla en un momento en que se torna inevitable el logro de la tarea psíquica del desasimiento de la autoridad de los padres. Estos han sido desinvestidos como ideales y ello deja al adolescente en un estado de orfandad que lo lleva a perseguir modelos extrafamiliares. En este proceso, en que se desarrolla el encuentro de un lugar para el yo en grupos jerárquicos, tiene un papel relevante un tipo de representación que Freud denomina el iniciador[11]. El yo del adolescente tiene como destino insertarse en diversos ámbitos para desarrollar sus vínculos laborales. Estos vínculos se despliegan inicialmente como relación del yo con las representaciones, y luego se trasmudan en un vínculo con los otros. El iniciador es una representación inconciente que tiene el valor de una transacción entre los deseos edípicos y el narcisismo, por un lado, y la exigencia de insertarse en espacios laborales por otro[12]. El iniciador laboral realiza dicha transacción entre la necesidad de trabajar y el temor a seguir el destino supuesto en el padre, del cual el niño se ha decepcionado. El psiquismo del adolescente genera relaciones jerárquicas en que alguien ubicado en el lugar de jefe o maestro ocupa el lugar hegemónico, con un grupo de iniciados ubicados en distintos estratos y categorías. Los vínculos homosexuales (que advertimos en el relato de Pablo o que se observan claramente en el grupo de pares de los adolescentes) quedan transformados en términos institucionales. En el relato del adolescente imaginario de Freud encontramos el vínculo homosexual transformado en enlace jerárquico con un jefe y, a la vez, sustentado aun por un encuentro con el objeto heterosexual.

Resalta en esto un elemento que todavía no hemos mencionado más que al pasar, el destino del fragmento homosexual como relaciones jerárquicas. En el texto sobre Schreber Freud señala que "tras alcanzar la elección de objeto heterosexual, las aspiraciones homosexuales no son canceladas ni puestas en suspenso, sino meramente esforzadas a apartarse de la meta sexual y conducidas a nuevas aplicaciones. Se conjugan entonces con sectores de las pulsiones yoicas para constituir con ellas, como componentes ‘apuntalados’, las pulsiones sociales, y gestan así la contribución del erotismo a la amistad, la camaradería, el sentido comunitario y el amor universal por la humanidad"[13] (el subrayado es mío). Esta cita aprecia un conjunto de representaciones-grupo con un grado creciente de abarcatividad y abstracción -de la amistad a la humanidad-. Si la realidad exterior, como ya hemos dicho, se genera por un proceso proyectivo, esta transformación complejizante del aparato psíquico genera un exterior, lo social, en el que el yo se inserta. La pulsión social, entonces, inviste un tipo de representación-grupo en el que el yo encuentra un ámbito para insertarse laboralmente.

Lacan, a propósito de este mismo texto, destacó la relevancia, como desencadenante de la psicosis de Schreber, de haber logrado un alto grado jerárquico en la carrera judicial, momento en que se hizo eficaz la falta de un sostén identificatorio -la función paterna- en nombre del cual tomar decisiones. Por otro lado, Freud aborda la problemática del deseo de prostitución en cuanto sustituyó su actividad laboral -y porque no amorosa-. Dada la importancia de estas hipótesis para lo que estamos considerando en este texto, esto es, el trabajo como un derivado sublimatorio de la pulsión homosexual conjugado con las pulsiones de autoconservación, en el próximo apartado habremos de exponer la articulación pulsional global y la actividad judicativa.

 

Estructura pulsional y arquitectura del superyo

A partir de 1920, con "Más allá del principio del placer", se complejiza la teoría pulsional. Así, el antiguo dualismo pulsional (pulsiones del yo y pulsiones sexuales) queda reordenado e incluido como integrante de Eros, en cuyo interior Freud distingue dos pares oposicionales: libido narcisista y libido objetal, por un lado, y conservación de sí y conservación de la especie por otro. Este conjunto pulsional se torna variado en sus combinatorias, a la vez que se articula con el otro elemento pulsional, extrínseco a Eros, la pulsión de muerte.

Detengámonos por un momento en el fragmento de Eros correspondiente a las denominadas pulsiones del yo. Hemos visto ya la distinción entre conservación de sí (o autoconservación propiamente dicha) y conservación de la especie. A su vez, podemos diferenciar dos componentes en el seno de la autoconservación. Por un lado, se hallan las propias necesidades (el hambre, por ejemplo) y el registro de las mismas; por el otro, el reconocimiento de las condiciones en las que tales necesidades quedan satisfechas. Es decir, que siendo las pulsiones de autoconservación, pulsiones del yo, éste es tomado como su objeto, pero, además, invisten los objetos en los que el yo encuentra la satisfacción pulsional. Llegamos así a colegir que, en el interior de la conservación de sí, se disciernen la investidura egoísta del yo y el interés por el objeto.

Podemos observar como ambos sectores de la autoconservación (egoísmo e interés) pueden entrar en conflicto o contradicción con la conservación de la especie. En las Actas de las reuniones de los miércoles se observa que Freud plantea el conflicto para las mujeres, en tanto que "aquella no puede ganarse la vida y criar hijos al mismo tiempo"[14].

Si bien este apartado se denomina "Estructura pulsional", me detendré en este punto, entendiendo que resulta más conocida la articulación con los otros componentes pulsionales y es mi intención destacar solamente el aspecto del egoísmo y el interés.

Cuando Freud desarrolla las teorías acerca del yo y del superyo, lo hace desde diversos puntos de vista, según sea el aspecto de cada uno de ellos que privilegie. A los fines de una exposición podemos distinguir cuatro teorías (complementarias entre sí): teoría de las funciones, teoría de las representaciones, teoría de las identificaciones y teoría de los afectos.

Desde la teoría de las funciones, el yo debe realizar una actividad judicativa. Es decir, el yo realiza diversos juicios con los que, esencialmente, adopta dos decisiones, "debe atribuir o desatribuir una propiedad a una cosa, y debe admitir o impugnar la existencia de una representación en la realidad. La propiedad sobre la cual se debe decidir puede haber sido originalmente buena o mala, útil o dañina"[15]. Por lo tanto, tenemos dos decisiones. Un primer juicio supone que el yo tiene que decidirse a reconocer si una cosa (objeto) tiene ciertas propiedades. A esta operación Freud la denomina juicio de atribución. El segundo juicio, posterior al anterior y surgido desde él, se refiere a si cierta representación tiene un correlato objetivo o es mera alucinación. A esta operación la llama juicio de existencia.

El juicio de atribución, entonces, implica decidir si algo es bueno o malo y útil o perjudicial. O sea que, en el fondo, son dos juicios contenidos en uno (en tanto una decisión es sobre lo útil o perjudicial y la otra sobre si algo es bueno o malo). Ambos fragmentos entran en combinatorias de lo cual resulta que en ciertas circunstancias lo malo es también perjudicial y lo bueno es lo útil. En tales ocasiones no se presentan mayores dificultades. Pero hay veces que lo perjudicial es tomado como bueno (placer). Es decir, hay ciertas vivencias que son placenteras pero perjudiciales y otras que son displacenteras pero son útiles. Con ello se advierte que las categorías bueno/malo derivan de la pulsión sexual, mientras que el juicio sobre lo útil/perjudicial está alentado desde la autoconservación. Hay pacientes, entonces, en los cuales estos juicios entran en contradicción (del mismo modo que las pulsiones lo hacen) como cuando alguien dice " esto es dañino pero me gusta y no puedo dejarlo". En tales casos se evidencia un trastorno en la autoconservación, una desmezcla pulsional en el interior de Eros volviéndose en pugna sus dos componentes.

A partir de la constitución del superyo se desarrollan decisiones que presentan similitudes y diferencias con respecto a los juicios que recién mencionaba. En el superyo distinguimos 3 funciones (formación de ideales, autoobservación y conciencia moral). El juicio de atribución, que era promovido desde el yo (placer purificado) decidía acerca del valor de ciertos objetos a partir del registro de los estados pulsionales. Posteriormente, en el camino de la estructuración del aparato psíquico, este juicio atributivo ya no dependerá del yo-placer sino que queda trasmudado en una nueva estructura, el superyo. Hasta allí las similitudes. Las diferencias son, por un lado, que el juicio ahora recae sobre el yo real definitivo (y no tanto sobre los objetos) y, por otro, que el superyo no se rige en su actividad judicativa por la medida de los estados pulsionales sino por ciertos valores, derivados de un procesamiento sublimatorio de dichos estados pulsionales.

Ahora será el yo el que, según dictamen desde el superyo, estará haciendo lo bueno/malo, útil/perjudicial. En este estado de cosas se visualiza que entre juego y trabajo media la categoría de lo útil como factor diferencial (este factor es solo uno de los que podríamos mencionar). Hasta aquí señalamos un aspecto del superyo ligado a una de sus funciones, la actividad judicativa. Desde la teoría de las representaciones el superyo consiste en un conjunto de frases que tienen las características de un imperativo categórico. Estos mandatos resultan leyes inapelables y el yo se rinde sin crítica (tal como sucede con el discurso de quien está ubicado en el lugar del ideal). El imperativo categórico central es el que surge con la prohibición edípica: "así como yo has de ser, pero así como yo no has de hacer". De este imperativo luego surgen otros que derivan de las distintas pulsiones: de la pulsión sexual surgen mandatos que prohiben la masturbación, o ciertas metas u objetos contrarios a la procreación. Desde la pulsión de muerte, la orden impone el registro de la finitud de la propia vida. De la pulsión de autoconservación, por último, la indicación queda expresada en términos de ¡ganarás el pan con el sudor de tu frente!, esto es, la necesariedad de trabajar para sustentar las necesidades orgánicas. Inicialmente el yo se rebela contra estos imperativos y sólo posteriormente logra conquistar las razones de estos mandatos y así puede transformar la obediencia ciega en acuerdo con el superyo (cuyo ideal tiende a realizar).

Retomemos la teoría de las funciones porque es probable que la principal función del superyo sea actuar como portador de los ideales del yo, y decimos que es la principal en tanto las otras dos (conciencia moral y autoobservación) se producen a partir de los ideales, separados del yo y según los cuales este se mide. Así lo describe Freud:

"Pero esta situación en apariencia simple se complica por la existencia del superyo, quien, en un enlace que aún no logramos penetrar, reúne en sí influjos del ello tanto como del mundo exterior y es, por así decir, un arquetipo ideal de aquello que es la meta de todo-querer alcanzar del yo: la reconciliación de sus múltiples vasallajes "[16].

El ideal del yo contiene, entonces, un conjunto de pensamientos sobre la meta a la que se puede aspirar y también acerca de qué es lo exigible para cada quien.

El ideal del yo surge como resultado de las transformaciones acaecidas sobre la propia erogeneidad que se destila como valor. Las diferentes fijaciones pulsionales determinan la producción de rasgos específicos en cada contenido del ideal. El contenido del ideal deriva del procesamiento de la voluptuosidad. Las observaciones clínicas señalan la correspondencia de cada fijación pulsional con un valor que, a su vez, halla su expresión como lenguaje del erotismo y el modo particular de establecer vínculos interindividuales significativos.

La erogeneidad primordial[17], por ejemplo, que inviste los propios órganos y procesos intrasomáticos es el punto de fijación de los pacientes psicosomáticos. Esta sensualidad se expresa en lo anímico en términos de ganancia, término que alude a una realidad utilitaria, numérica. El ideal de la ganancia, entonces, expresa la incidencia específica de la libido intrasomática y cuando predomina este ideal, y el yo se adhiere a él, deviene una estructura de carácter sobreadaptado y, cuando supone que es el otro el que obtiene una ganancia surge la manifestación psicosomática.

La erogeneidad anal primaria queda trasmudada en el ideal de justicia, y lo hallamos con particular insistencia en los pacientes paranoicos y transgresores. El paranoico se supone víctima de maltratos e injurias a lo cual le sigue un afán de venganza.

He desarrollado estos dos tipos de ideal, descriptos por su contenido no por su forma, pues ambos cobran particular relieve en la paciente que comentaré más abajo.

Hasta aquí he considerado algunas nociones relativas al proceso de constitución psíquica de las constelaciones que se plasman en la vida laboral. Mi interés teórico en esta temática deriva, básicamente, del trabajo clínico con pacientes, con diferentes estructuras clínicas, en los que encuentro recurrencias y divergencias en el modo de procesar las exigencias del imperativo superyoico. Frente a este imperativo se puede responder de formas diversas, tal como ciertas inhibiciones en las histerias de angustia[18]]. En lo que sigue presentaré el material de una paciente cuya configuración psicopatológica presenta un desenlace en el que advertimos una corriente paranoide y otra psicosomática, cuya mutua imbricación deriva en una singular manera de desplegar su vida laboral.

 

Susana

Susana es una mujer de 45 años, abogada, que trabaja como asesora legal en una empresa multinacional. Refiere tener interés en hacer un tratamiento por un intenso estado de angustia ("necesito que me contengan"). Hacía un tiempo había realizado un análisis, con una terapeuta mujer, que interrumpió por sentirse "traicionada" y cuenta que quiso iniciarle una demanda legal, que no llevó a cabo por desconocer la existencia de la Asociación de Psicólogos (que ahora sí conocía). Susana padece de asma y "alergias de piel". Un tiempo antes de iniciar su tratamiento había sido despedida de un trabajo en la empresa de un amigo. Ello se acompañó de dos situaciones relevantes. Por un lado, dicho despido se llevó a cabo luego de sufrir un accidente, en la vereda de la empresa, en el que se quebró una pierna, por lo cual intentó hacerle un juicio que no llegó a concretar. Por otro, sí le inició una acción legal por despido, utilizando para ello, como elemento de prueba principal, una certificación de servicios que su amigo le había facilitado para solicitar un crédito. Esto es sustantivo pues esta certificación se la había dado diez años antes de que ella empezara a trabajar en la empresa, "yo lo había guardado celosamente desde esa época".

"Estoy mal en el trabajo, todos me quieren mover el piso. Estoy mal en todos los frentes".

"Mi analista anterior me traicionó, yo le mandé a una amiga que quería atenderse y le dije que no la atendiera, pero ella lo hizo. Yo busqué un colegio de psicólogos para hacerle una denuncia porque ella estaba cambiando paciente por paciente. Está bien, yo iba una vez por semana y mi amiga iba a ir tres, es plata que entra".

"Cada vez que alguien se muere yo siento que me traiciona, que me abandona, me caga".

Refiere una pesadilla en la que luego "de andar por una plaza" se cae en el pasto: "el pasto quedó con la marca de mi cara, un agujero de tierra. Yo daba vuelta la cara, la veía a mi analista anterior y le pedía que me ayude, y ella con una sonrisa de oreja a oreja me decía que no". Cabe consignar aquí que en repetidas ocasiones relata escenas en las que se siente víctima de la burla y la humillación de otros.

"Mi abuela (materna) es una vieja de mierda. Ella siempre juntó cartones y botellas, fue la primera, después surgió la competencia, los cartoneros".

"Todas las madres les cagan la vida a sus hijos, por eso yo no quiero tener hijos. Va a llegar un día en que alguno quiera internarme en un geriátrico y no quiero que pasen encima de mis derechos. Tampoco me quiero casar porque no quiero depender de un hombre".

"En el trabajo siento que me pasan por arriba. Yo salí con un tipo del laburo y después me di cuenta que me había cogido para pasarme por encima".

"Yo me voy volviendo vulnerable en el tratamiento, vos sabés donde me duele. Tengo miedo de que me cagues. Yo vivo para pedir justicia".

"Mi hermano necesitaba plata y yo le dije donde estaba la llave de mi caja de seguridad. Le dije que use la plata que había. Yo hago el bien y ahora me siento una hija de puta por reclamar lo que es mío. Además estoy con un ataque de asma. Me siento violada".

Refiere que "las estafas son el estigma de mi familia" y relata una serie de situaciones en la que los abuelos y el padre debieron huir por encontrarse endeudados. "Yo me muero si tengo que pagar un interés punitorio, es una alergia que tengo".

"Mi viejo me estafó muchas veces, me quiere quebrar. A los 8 años mi abuelo me daba plata, mi papá me pidió mis ahorros y me dijo que me los iba a devolver y nunca me los devolvió".

"Yo siempre tengo que poner plata para mi familia contra mi voluntad. Hago de banco para ellos".

"Mi mamá es un estómago frío, dice todo lo que piensa".

Refiere que ella guarda el dinero en "fajos": "yo había fajado los billetes y cuando mi hermano me sacó el dinero de la caja rompió un fajo".

"De chica siempre me decían ‘tenés que hacer lo que tenés que hacer’, nunca lo que yo tenía ganas".

"Cuando nació mi hermana mi abuelo me dijo: ‘tu hermana te robó la sonrisa’". "Yo siento que me tengo que merecer el amor. Si alguien me dice que no, yo me la banco, pero si yo digo que no, tengo miedo de que me dejen de querer. A los sentimientos yo les hago ‘no ha lugar’".

"Uno puede trabajar para ganar plata o para sobrevivir, yo pienso en sobrevivir. Pienso en el día en que me jubile. Todas las semanas juego a la quiniela, a ver si me saco la grande".

"Mis padres al sexo lo llamaban ‘la porquería’. Siempre decían ‘primero el deber y después el placer’, pero cuando yo terminaba los deberes ya era de noche".

"Me angustia no tener qué comer, por eso quiero la jubilación".

"Cuando yo nací, al séptimo día lloraba mucho. Mi mamá me llevó al médico y él le dijo: ‘¿esta nena no tendrá hambre?’. Cuando fui más grande la hora de la comida era la peor hora, yo comía para que mi mamá no grite".

"Yo uso cheques porque así gano días, y a lo mejor me muero y que las deudas las pague Dios". "Mis necesidades no son yo, son ellas". "El trabajo no me gusta, ellos tendrán mi cuerpo pero no tendrán mi mente".

Este fragmento del material de un análisis recorta algunas frases correspondientes a distintas sesiones transcurridas en un período de aproximadamente cinco años. Susana se presenta como una mujer para quien la ayuda (de ella hacia otros o viceversa) contiene un núcleo de signo inverso, quizás un tipo particular de castigo. Si ella ayuda, alguien la "caga", y si alguien es generoso con ella, Susana se va tornando envidiosa y vengativa. Ello se da en el contexto de la compleja relación entre envidia y gratitud[19], donde la primera impide el desarrollo de la segunda. Como ejemplo de esto encontramos el juicio que le hizo a su amigo, cuyo gesto generoso ella guardó "celosamente", no tanto con el objeto de retribuirle desde la gratitud sino de aniquilarlo. Lo mismo se advierte en la frase que señala su vulnerabilidad en el tratamiento, que si bien podría ser el estado que conduce a recibir ayuda terapéutica, ella lo vivencia como una amenaza de aniquilación, frente a lo cual reacciona "pidiendo justicia".

En Susana advertimos una corriente paranoica y otra psicosomática, en una articulación que ha sido trabajada por D. Maldavsky[20] y por Sami-Ali[21]. Ambos autores han tomado, por ejemplo, el caso Schreber a partir de la relación entre alergia y delirio paranoico. En Susana no asistimos a la aparición de una producción delirante (aunque sí ciertos pensamientos de corte querellante con un alto grado de convicción), pues en su violencia paranoica va sustrayendo sus procesos psíquicos del organismo, vivido este último como fuente de su debilidad. De allí que la paciente reacciones de un modo furioso y expulsivo contra sus propias necesidades. Entiendo que los procesos psíquicos de Susana se desarrollan en segmentos que transcurren desde la posición paranoide hasta sucumbir en sus afecciones psicosomáticas (asma y alergia), obturando de este modo el desenlace restitutivo, que sí aparece en el caso Schreber. En el mismo orden secuencial expondré algunas nociones que articulan la problemática laboral de Susana con las consideraciones psicopatológicas.

Freud señaló que el punto de fijación de las paranoias corresponde al erotismo anal primario, el cual posee una doble meta, perder y aniquilar. La primera de estas metas reconoce como fuente pulsional a la mucosa anal, en tanto la segunda tiene como fuente la musculatura de las extremidades. El goce por perder deriva del valor excitante que poseen los propios excrementos, y su pérdida promueve un estallido de cólera que Freud caracterizó como orgasmo anal. El placer por aniquilar es solidario del placer por extraer un bien de un cuerpo ajeno (transformación pasivo activa). La pérdida de excrementos se atribuye a la actividad extractiva de otro (¿robo?) y la meta activa procura hacer a otro lo padecido (afán de venganza). Susana reiteradamente alude, no solo a términos como "cagar", "mierda", "robo", "justicia", sino también a situaciones en las que se siente robada o violada, frente a las cuales reacciona furiosamente; furia que, como ya hemos mencionado, toma por objeto, básicamente, a sus propios pensamientos.

La actividad laboral de la paciente está marcada también por la doble corriente patológica, si bien, llamativamente, no aparece el carácter sobreadaptado (tan presente en otros pacientes con afecciones psicosomáticas).

Respecto de las paranoias Freud destaca las "quejas de que les dan mierda junto con los alimentos" y luego agrega "la combinación entre delirio de grandeza e invención poética de una enajenación con respecto al linaje"[22]. Poco después referirá que "la novela de enajenación sirve para ilegitimar a los que se llaman parientes. La agorafobia parece depender de una novela de prostitución, que a su vez se remonta a esa novela familiar"[23]. Para Susana reconocer su linaje familiar, advertirse como descendiente del estigma de las deudas, constituye una injuria frente a la que responde al modo alérgico. Del mismo modo ella intenta interrumpir la cadena generacional en su afán por no tener hijos; tal vez porque tener hijos es una forma de reconocer, asumir y saldar una deuda de gratitud por una vida recibida. En distintas ocasiones Susana se esfuerza por mostrar que ella no es como su familia, "como si yo no tuviera nada que ver con ellos". Es notable que ella asumiría la posición deudora (atribuida al padre) solo a costa de su propia muerte ("a lo mejor me muero y que las deudas las pague Dios"). En Susana, deuda y/o gratitud son sustituidas por un afán vengativo.

La identificación-prostituta cobra un relieve altamente significativo en el desarrollo laboral de Susana. Nótese el contenido de su pesadilla ("andar por una plaza") o el relato de la abuela cartonera y la competencia que más tarde apareció. En la misma línea se encuentran las siguientes frases: "en el trabajo siento que me pasan por arriba. Yo salí con un tipo del laburo y después me di cuenta que me había cogido para pasarme por encima", "me siento violada", "siempre decían ‘primero el deber y después el placer’, pero cuando yo terminaba los deberes ya era de noche", "el trabajo no me gusta, ellos tendrán mi cuerpo pero no tendrán mi mente". Ahora bien, sobre tales manifestaciones examinemos un poco más en detalle el procesamiento del complejo de la prostituta.

Susana sostiene una fuerte creencia respecto de un mundo burlón, "la vida es una lucha" dice, lucha que implica suponerse objeto de la humillación y la vergüenza. Desde tales sentimientos enarbola una desconfianza permanente que le sirve como premisa con la que fuerza su propia percepción, con el solo fin de sostener sus creencias. Cualquier frase escuchada inevitablemente es tomada como fachada que encubre "una segunda intención". La paciente opone, a su vida cotidiana (básicamente en torno del trabajo) una ilusoria vida "tomando sol", "haciendo cualquier cosa", "el día que saque la grande", en una posición megalómana, desde la cual la vida laboral es descripta como contraria a la naturaleza. En este punto, por ejemplo, podemos advertir la doble corriente psicopatológica, por un lado, y la degradación hacia la desintegración psico-somática[24], por otro. Cuando Susana refiere que tendrán su cuerpo pero no su mente se pone en evidencia, en principio, un uso violentado del cuerpo por el cual recibiría una paga (en tanto se trata del trabajo), pero que, lentamente va derivando en la supresión de sus procesos psíquicos. Esto último se produce en la medida en que ella no jerarquiza su ganancia, lo cual comprometería un carácter sobreadaptado, sino la que otros extraen a costa suyo. Si tal como ella dice, uno puede trabajar para ganar plata o para sobrevivir, y ella lo hace con el segundo objetivo, son otros los que buscan ganar plata mientras ella se procura, precariamente, el alivio orgánico.

Si Susana no fue alimentada adecuadamente, al menos sus primeros siete días de vida, ella debió resignar para del registro de sus necesidades, de lo cual resultó que comer fue, posteriormente, más una imposición, que la paciente obedecía para que su madre no gritara (esto abonó su desconfianza respecto del alimento que recibía). En este sentido, además, suponer que come por imposición le permite sostener la idea de un trabajo que también realiza solo por injusta obligación.

Según Freud la manía de litigar surge del deseo de ser flagelada por el padre, y notamos que Susana desconfía y combate a personas que resultan ubicadas en la serie paterna. Ciertas niñas desarrollan, a partir del declinación del complejo de Edipo positivo, un carácter masculino (identificación-padre en el yo y no en el superyo) cuando tienen que renunciar, vía decepción, a la ilusión de recibir un don del padre. La asunción del carácter masculino es un modo de vengarse por dicha decepción y en ese proceso se rebelan contra la propia feminidad. Se trata entonces de una enfática postura desafiante ante el padre.

La fantasía de la prostituta, como ya hemos mencionado, deriva de un proceso que se inicia con la represión del deseo incestuoso, sustituyendo el amor a la madre por la ternura (se conserva el objeto pero no la meta). Frente al surgimiento del nuevo envión pulsional de la prepubertad, reaparece el saber sobre la sexualidad de la madre que, contradictorio con la ternura, es rechazado y atribuido a otra mujer, la prostituta. En esta fantasía (que contiene un modo de injuriar al padre en cuanto la madre le sería infiel) coinciden deseos homo y heterosexuales a partir de suponer una práctica sexual con un hombre pero con un fin extractivo de un bien (por ejemplo dinero) que es entregado a una mujer. Cabe advertir que Susana ocupa variablemente tanto la posición de quien extrae como la de quien es desposeída de dicho bien, siendo esta última posición más frecuente. A esto me refería cuando analicé poco más arriba la frase "tendrán mi cuerpo pero no tendrán mi mente". En cada período vacacional sus enojos florecen respecto de su pareja, un hombre casado, pues este le pide dinero para ir de vacaciones con su esposa.

Para Susana trabajar es una afrenta y se enfurece si percibe que otros podrían disfrutar haciéndolo, en la medida en que estos otros podrían estar gozando, al mismo tiempo, de humillarla. En un segundo tiempo ella pierde su identificación-prostituta y, en lugar del delirio restitutivo que le permitiría sostener el conflicto en lo psíquico, se desarrolla un proceso en que su mente deja de morar en el cuerpo y sus necesidades "no son yo".

Fuente: http://www.psicomundo.com/foros/trabajo/significatividad.htm

NOTAS

  1. Véase por ejemplo el texto de Edwars P. y Scullioni, H; "La organización social del conflicto laboral"; 1987 (editado por el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social de España).
  2. Freud, S.; "El malestar en la cultura", en Amorrortu Editores, T. XXI, pág. 10.
  3. Plut, S.; "Vida laboral y enfermedades psicosomáticas", en Actualidad Psicológica Nº 225.
  4. Freud, S.; "Tres ensayos de teoría sexual", en AE, T. VII, pág. 189.
  5. Véase Freud, S.; "La novela familiar de los neuróticos" en AE, T. IX, "Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre " y "Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa", en AE, T. XI.
  6. Freud, S.; "La terapia analítica", en AE, T. XVI, pág. 413.
  7. Freud, S.; idem n. 6, pág. 416.
  8. Véase el artículo de D. Maldavsky, "Letra: proceso pulsional y lógicas institucionales", en Revista de Psicoanálisis, T XLIX, Nº 1.
  9. Freud, S.; "Conclusiones, ideas, problemas", en AE, T. XXIII, pág. 302.
  10. Freud, S.; "El creador literario y el fantaseo", en AE, T. IX, págs. 130-1.
  11. Entiendo que esta constelación psíquica en el proceso adolescente es parte del fundamento que permite pensar la inserción del psicólogo en la orientación vocacional.
  12. Además está la figura del iniciador sexual, cuya exposición requiere de un conjunto de consideraciones que exceden lo que aquí quiero transmitir.
  13. Freud, S.; "Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia descrito autobiográficamente", en AE, T. XII, pág. 57.
  14. "Las reuniones de los miércoles. Actas de la Sociedad Psicoanalítica de Viena", T. I, Acta 44 del día 11-03-1908, pág. 356, Ed. Nueva Visión.
  15. Freud, S.; "La negación", en AE., T. XIX, pág. 254.
  16. Freud, S.; "Neurosis y psicosis ", en AE, T. XIX, pág. 157.
  17. Maldavsky, D.; "Procesos y estructuras vinculares", Ed. Nueva Visión.
  18. Véase, por ejemplo, el trabajo de N. Neves y A. Mainieri, "Aportes al análisis de la fantasía de prostitución", en Actualidad Psicológica Nº 97.
  19. "La envidia es el sentimiento enojoso contra otra persona que posee o goza de algo deseable, siendo el impulso envidioso el de quitárselo o dañarlo. Además la envidia implica la relación del sujeto con una sola persona y se remonta a la relación más temprana y exclusiva con la madre. Los celos están basados sobre la envidia, pero comprenden una relación de por lo menos dos personas y conciernen principalmente al amor que el sujeto siente que le es debido y le ha sido quitado o está en peligro de serlo por su rival". (Melanie Klein; "Envidia y gratitud", Ed. Paidos).
  20. Maldavsky, D.; "Teoría y clínica de los procesos tóxicos", Amorrortu Editores.
  21. Sami-Ali; "Lo visual y lo táctil", Amorrortu Editores.
  22. Freud, S.; "Carta 57", T. I, págs. 284-5, AE.
  23. Freud, S.; "Manuscrito M", T. I, pág. 295, AE.
  24. Sobre este punto hallamos las propuestas de Winnicott, quien hace referencia a la expresión de "morar dentro", aludiendo a la idea de la integración psicosomática como el morar de la psique en el soma y viceversa. Winnicott, D.; "La enfermedad psico-somática en sus aspectos positivos y negativos", Rev. Uruguaya de Psicoanálisis Nº 61.